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La firma del TLC no fue
sino el principio, dicen algunos académicos de Washington. Es necesaria una
mayor integración entre México, Canadá y Estados Unidos, una comunidad de
Norteamérica.
Soy, Enrique, un
convencido de que habrá, tarde o temprano, una comunidad de Norteamérica, muy
similar a la de la comunidad europea.
Llevará tiempo, es cierto. Sobre todo, a pesar de que esas
ideas se manejan en Washington, es allá, en Estados Unidos, donde hay también
más oposición a esa integración, porque esa integración significaría no sólo el
libre flujo de mercancías, sino también de personas.
Pero la integración, Enrique, igual que en la comunidad
europea, significa que cada una de las naciones mantiene su identidad, su
carácter nacional.
Y en México, atrapados como estamos por los impulsos de la
modernidad, tenemos todavía mucho que hacer por conservar nuestra identidad
nacional.
Tenemos que empezar por conocer y amar nuestra historia, con
todos sus aciertos y con todos sus errores.
Hay un episodio
histórico, Enrique, sobre el que sabemos poco. Y menos sabremos si nos creemos
las versiones distorsionadas que nos entregan las películas norteamericanas,
como esa que pronto estará en cartelera: El Álamo.
Ahora resulta que como todas las películas norteamericanas,
los no estadounidenses son los malos. Así en esa película presentan a los
mexicanos como enemigos de la libertad.
Uno de tantos discursos cinematográficos, Enrique, uno de esos
discursos cinematográficos con los que se justifica la historia del
expansionismo estadounidense.
Con películas como El Álamo se justifica la injusta guerra
contra México, aquella guerra injusta que nos costó más de la mitad del
territorio nacional.
Triste, muy triste, Enrique, que acudamos a ver esos filmes y
peor todavía que nos creamos las mentiras que en ellos se cuentan para
justificar aquella injusta guerra.
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