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Hace 10 años, Joaquín, ocurrió lo que en México creíamos que
estaba desterrado: ocurrió un crimen político, asesinaron a Luis Donaldo
Colosio.
En ese año, el de 1994, algo se rompió, Joaquín. Fue un año
horrible, un año de grandes lecciones.
Porque en 1994 no sólo asesinaron a Colosio. Aquel año arrancó
con el levantamiento del EZLN, como lección para los gobiernos. Porque el
levantamiento no fue tan inesperado, como creíamos. Ahora sabemos que desde
mayo de 1993 sabía el gobierno que en Chiapas se entrenaba una guerrilla
dirigida por los extraviados remanentes de la Liga 23 de septiembre. Y el
gobierno no hizo nada.
Aquel marzo de 1994 supimos, Joaquín, que la violencia verbal
fácilmente se convierte en violencia física.
Pero no fue todo. Llegó septiembre, ya el país había votado en
la elección presidencial. Ya el país había elegido a Ernesto Zedillo en una
elección dominada por el pánico de la sociedad, el temor a la violencia.
El 28 de septiembre, Joaquín, asesinaron a José Francisco Ruiz Massieu,
uno de los hombres más lúcidos e inteligentes del que sería el equipo del
siguiente gobierno.
Lo asesinaron porque desde el poder se toleró la mezquindad,
la ambición desmedida y la soberbia que dictaminaron el asesinato de Ruiz
Massieu.
Esos tres hechos violentos y algunas actitudes frívolas del
entonces secretario de gobernación Jorge Carpizo McGregor, habían vaciado las
reservas de divisas de la Nación.
Y llegó el error de diciembre, el error de diciembre que a
diferencia de otras crisis económicas, no fue selectivo. El error de diciembre
de 1994 devastó la economía de todas las clases sociales, a lo largo y lo ancho
de la sociedad mexicana.
Un año de tragedias, de derrumbe económico, Joaquín, pero
también un año de grandes lecciones.
Lo patético, Joaquín, es que a pesar del cambio, a pesar de la
alternancia, siga vigente aquella frase de Colosio, que a 10 años de distancia
en México exista todavía sed y hambre de justicia.
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