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El escándalo por el
videogate, sin duda, Joaquín, todavía dará para mucho. Y más nos vale que no
perdamos nuestra capacidad de asombro.
Hay un esfuerzo, muy claro, como ayer se dijo en este tu
espacio, para salvar la imagen de Andrés Manuel López Obrador.
Ya aclaró el jefe de gobierno que la movilización del domingo
no será un mitin, que será un informe de gobierno.
Ojalá, Joaquín, ojalá.
Pero al respecto
hay que advertir contra los excesos del discurso, excesos que pueden tener
consecuencias impredecibles.
En los años sesenta, un hombre de izquierda, el general Lázaro
Cárdenas, asistió a un mitin de apoyo a Cuba en el Zócalo.
El general habló a la multitud y fue tan entusiasta la
respuesta popular que don Lázaro, habitualmente hombre prudente, se comprometió
a ir personalmente a Cuba a unirse a la defensa del régimen de Fidel Castro.
Tiempo después, don
Lázaro confesó, Joaquín, que la intercomunicación con la multitud le abrumó y
le hizo decir algo que no quería decir.
Así ocurre en esas
reuniones multitudinarias.
Ojalá y Andrés Manuel
López Obrador, obsesionado en salvar su imagen, no se deje llevar por los
excesos de la retórica.
Porque nunca se sabe
lo que los discursos violentos pueden provocar en una multitud. Sobre todo
cuando esa multitud por muchas razones está comprometida con el jefe de
gobierno del Distrito Federal.
No hay que olvidar que las multitudes, a veces, son como un gigante
dormido, un gigante al que no hay que despertar, porque el despertar suele ser
violento.
Si no cuida su
discurso el señor López Obrador, Joaquín, o no cuida el discurso de los otros
perredistas que hablen en el Zócalo el Domingo, pueden conseguir lo que no
quieren:
Pueden conseguir que
la imagen de hombre de Estado, de gobernante sensato que se ha construido el
jefe de gobierno sea reemplazada por la imagen del que hace 10 años ocupaba
pozos y hacía plantones en el Zócalo.
Tendría el apoyo de
sus fieles, pero asustaría a la Nación.
Y el mitin, entonces,
habría sido inútil.
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