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Este febrero, Joaquín, por lo
visto es el mes en el que se exhiben las miserias humanas de nuestra sociedad.
Ahí tuvimos como ejemplo la
muerte de José López Portillo, suceso que permitió que la sátira se convirtiera
en infamia.
O las ausencias en el funeral
de don Raúl Salinas Lozano, padre del expresidente Carlos Salinas de Gortari.
El expresidente ha sido, sin
duda, Joaquín, un personaje polémico, controvertido y satanizado.
Y muchos, que le deben mucho, al menos el impulso a sus
carreras políticas, optaron por no hacerse presentes, para no ser salpicados
por los críticos del licenciado Salinas.
Y luego, Joaquín, ese video del senador Jorge Emilio González,
el presidente del Partido Verde.
Es posible que el senador diga
la verdad cuando clama: “¡me tendieron un cuatro!”
Es posible que como
dice, le hayan tendido una trampa. Pero el video muestra a un joven que con
displicencia pregunta ¿cuánto nos tocará?
Es posible, como dice el joven
senador, que no haya recibido un centavo de los dos millones de dólares, pero
también es cierto que él reconoce que no se hizo ninguna gestión.
¿Y si se hubiera hecho la
gestión? ¿Habría aceptado la comisión o soborno, según se vea?
Mezquindades, Joaquín, muchas mezquindades.
Pero en medio de todas esas miserias humanas hubo alguien,
Joaquín, alguien que reivindicó que en nuestro México todavía hay quienes
tienen como supremo valor la lealtad y el agradecimiento.
Cuauhtémoc Cárdenas, Joaquín, acudió al sepelio de López
Portillo.
Y le dijo a los medios de comunicación: me ayudo en mi carrera
política y me honró con su amistad.
Una declaración, Joaquín, que nos reconcilia.
Cuauhtémoc Cárdenas dio
la semana pasada una lección de lealtad a la amistad y de agradecimiento.
Reconforta, Joaquín,
saber que no todo es mezquindad y codicia.
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