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Ayer murió José López Portillo.
Hombre
inteligente, muy inteligente, Joaquín, uno de los Presidentes más inteligentes,
pero también, como tantos otros, rehén de su temperamento.
Orador espléndido y culto.
Al país temeroso por la crisis con que cerraba el sexenio
echeverrista, le devolvió la confianza sólo con su discurso inaugural, el uno
de diciembre de 1976.
El boom petrolero fortaleció las finanzas del país y en él se
apoyó el proyecto de gobierno.
Quiso hacer de la riqueza petrolera la palanca de la
prosperidad. Intentó utilizar esa palanca para enfrentar el predominio de
Estados Unidos en Centroamérica. Y
fracasó.
La apuesta al petróleo la perdió. Los sueños del país se
convirtieron en una pesadilla cuando se desplomó el precio del crudo.
No sólo se desplomó el precio del petróleo, se empezó a
desplomar el sexenio.
De ahí en adelante, López Portillo empezó a dar bandazos.
Su temperamento lo llevó a un cierre casi escandaloso de su
sexenio.
Nunca se le perdonó la estatización de la banca.
Pero, sobre todo, Joaquín, es posible que lo que nunca se le
haya perdonado es que nos hizo soñar y
que el sueño se convirtió en pesadilla.
Una pena, Joaquín, casi una vergüenza que algunos hayan
aprovechado el deceso para alentar el rencor.
Ni muerto le perdonan sus errores.
Muchos hasta se burlaron del deceso, como el comentarista de
radio que en un exceso de mal gusto puso el disco de Chava Flores la muerte de
Cleto.
Quizá cuando se enfríen las pasiones, cuando se haya disipado
el rencor de muchos, entonces podrá emitirse un juicio más sereno sobre su
gobierno.
Descanse en paz José López Portillo, el último Presidente de la
Revolución Mexicana…
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