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En las
discusiones que ya empezaron en la Convención Nacional Hacendaria, Joaquín, se
ha empezado a dejar sentir un espíritu perversamente egoísta.
Impulsada por algunos de los Estados más ricos de la República, se
maneja la idea de que los beneficios de la recaudación fiscal beneficien a
quienes más producen, a las entidades más desarrolladas.
Algunos proponen que reciban más dinero aquellos Estados y municipios
que generan más riqueza y tienen más potencial de desarrollo.
Y van más allá, Joaquín, piden que ya no se saque dinero de
municipios de Nuevo León, el Estado de México y Distrito Federal para
destinarlo al gasto social indiscriminado en estados pobres. Eso, han dicho,
debe enterrarse para siempre.
En síntesis, Joaquín, parece que lo que quieren es que cada Estado y
municipio empiece a rascarse con sus propias uñas. Esa, Joaquín, es un actitud
egoísta.
Es una distorsión del concepto de federalismo.
El federalismo, Joaquín, obliga precisamente a que sea la Federación la
que acuda en auxilio de los Estados más pobres y atrasados.
Parte del dinero que se recauda en los municipios y Estados más ricos,
tiene que destinarse a atender los problemas de pobreza y atraso de las
regiones más pobres.
Ese es el verdadero sentido del federalismo, Joaquín.
Y es un método que permite la redistribución un poco más equitativa de
la riqueza de la República.
No es nada nuevo que los municipios y Estados ricos intenten negarse a
compartir los recursos fiscales.
El egoísmo, y la falta de solidaridad, Joaquín, tristemente no son nada
nuevo.
Se repite la historia bíblica del rico que toleraba al pie de su mesa a
un pobre que comía las migajas de su mesa.
Y todavía tienen el descaro de decirnos que eso es federalismo.
El que no sabe, Joaquín, es como el que no ve.
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