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Hace casi 30 años, Joaquín, trabajé en el gobierno de la ciudad.
A pesar de ocupar una secretaría particular en una subdelegación, la plaza
pagaba apenas el salario mínimo.
Para que el
salario permitiera cuando menos sobrevivir, se gestionaron en la oficialía
mayor una compensación, horas extra y otras prestaciones. Las jornadas
laborales de seis días a la semana exigían casi 12 horas de trabajo.
Sin las prestaciones adicionales, el salario hubiera sido insuficiente.
El tema del salario de los servidores públicos, Joaquín, no es tan
simple como se plantea.
Menos tan simple como lo ha planteado el jefe de gobierno Andrés Manuel
López Obrador, quien con sus constantes quejas por los salarios de los
funcionarios de medio y alto nivel, puso el tema en el tapete de la discusión.
Ahora que se averigua que el asistente personal del jefe de gobierno del
DF gana 62 mil pesos mensuales, explica López Obrador que ese servidor público
trabaja mucho.
No lo dudo, Joaquín, pero ya empezaron las explicaciones porque se
descubre que son muy elevados los salarios de muchos servidores públicos del
DF.
Es cierto, Joaquín, en materia de prestaciones a servidores públicos de
niveles medio y alto hay, con frecuencia, muchos abusos, como ya vimos la vida
loca de nuestro representante ante la OCDE.
Pero también es cierto que la mayoría de los servidores públicos
desquitan bien lo que se les paga.
Lo malo del discurso sobre los altos salarios a servidores públicos, es
que se utiliza para alentar el rencor social, con fines político electorales.
Y lo peor es que se difunde la idea de que la austeridad republicana
significa vivir en medio de penurias.
Cuidado, porque si se pagan salarios de quinta, se tendrán funcionarios
de quinta.
Y con funcionarios de quinta, la verdad, Joaquín, el gobierno no
cumplirá con sus tareas más elementales, al menos no las cumplirá con la
eficacia que se necesita.
Ni
modo, Joaquín, el jefe de gobierno, como suele decirso,
escupió para arriba.
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