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Los sucesos
ocurridos en Tlalnepantla, Morelos, donde el desalojo de quienes habían tomado
el palacio municipal ha costado dos vidas, es como un viaje al pasado.
Hubo elecciones, pero a pesar de que todas las instancias jurídicas,
incluyendo el tribunal federal electoral, ratificaron la validez de las
elecciones, un grupo, al parecer afín al PRD, se negó a reconocer los
resultados y tomó el palacio municipal desde el 1 de noviembre para impedir que
el candidato triunfador tomara posesión.
Hubo pláticas, pero el grupo opositor decidió fundar un municipio
autónomo.
La acción policíaca tendría que ser evaluada, para decidir, Joaquín, si
hubo abusos o no.
Una tragedia que haya habido dos muertos, dos muertos en aras de una
pugna de intereses políticos, Joaquín. Se suponía que esos tiempos ya estaban
superados.
La actuación de los grupos opositores, Joaquín, sigue un patrón ya
conocido. Se inconforman cuando pierden la elección y toman el palacio
municipal. Luego se declaran municipio independiente, autónomo.
Es un patrón de conducta familiar, un patrón de conducta que parece
seguir un guión.
Pero, Joaquín, es una conducta que no debería ser avalada por
ningún partido político. La voluntad de la mayoría se expresa en las urnas. Y
si alguien gana por un solo voto, pues ése es el elegido.
Hay gente que no lo quiere aceptar, como lo demuestra el comportamiento
de algunos legisladores perredistas que han estado vinculados al movimiento
violento de Tlalnepantla, Morelos.
Y es cuando uno se pregunta, Joaquín: ¿quiénes son los
verdaderos responsables de las muertes en Tlalnepantla, Morelos?
Creo, Joaquín, que como en Fuente ovejuna, todos, Joaquín, todos los
protagonistas.
Es culpable el gobierno de Morelos por su falta de eficacia para
encontrar una salida política al conflicto.
Son culpables los dirigentes locales y los legisladores
perredistas que alentaron la violencia y azuzaron a la población.
Y somos culpables todos los que rechazamos la violencia del
Estado, pero apapachamos toda violencia que se ejerza para oponerse al
gobierno.
Y lo peor, todavía nos decimos democráticos.
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