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Desde hace varios años, Joaquín, en esta ciudad de México hay una
tendencia a no aplicar las leyes y reglamentos que rigen la convivencia de los
ciudadanos que aquí vivimos.
Algo de eso hay en esa revolución administrativa que ha puesto en marcha
el gobierno del Distrito Federal.
Es cierto, Joaquín, a veces las leyes y reglamentos pueden llegar a
convertirse en una telaraña en la que quedamos atrapados los ciudadanos.
No tiene nada de malo reducir la cantidad de trámites que tenemos que
ciudadanos.
Mas hay áreas delicadas, en las que habría que repensar lo que se
anunció.
Después de los sismos de 85, por ejemplo, Joaquín, se creó un nuevo y
más estricto reglamento de construcción. La expedición de las licencias de
construcción, Joaquín, tiene que vigilar que se cumplan, para no tener
edificios endebles.
Dicen también que se elimina el requisito mínimo del examen médico para
contraer matrimonio. ¿Es razonable eliminarlo, Joaquín, cuando existe el
peligro del Sida?
Es que tenemos confianza en los ciudadanos, dicen los
colaboradores de López Obrador. Cuidado, Joaquín, la tendencia a tener mucha
confianza en los ciudadanos puede extenderse a otras ciudades de la República,
quizá hasta el mismo gobierno federal.
¿Somos dignos de confianza todos los ciudadanos, Joaquín?
En una de sus últimas entrevistas, el filósofo y politólogo italiano
Norberto Bobbio, advirtió que no se puede suponer que todos somos buenos
ciudadanos. Si así fuera, no harían falta leyes y reglamentos para normar
nuestra convivencia.
Relajar la aplicación de esas leyes y reglamentos, Joaquín,
puede ganar mucha popularidad, pero también puede hacer más desordenada la
convivencia social.
En esto de leyes y reglamentos, Joaquín, bien se puede aplicar aquello
de que ni tanto que queme al santo, ni tanto que no le alumbre.
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