El título de este capítulo del sitio cibernético de
cafépolítico.com siempre fue intencional. La elección presidencial no es sino
eso, un cambio de guardia, el relevo mediante elecciones de aquél que durante
un sexenio ha gobernado a la República.
Quienquiera que llegue a la Presidencia el próximo uno
de diciembre de 2006, deberá entender que su gestión durará sólo seis años. En
ese lapso, su tarea fundamental es hacer lo que sea posible para que el México
que entregue a su sucesor viva mejores condiciones que las que se vivían al
principio del sexenio.
Quien quiera que llegue a la Presidencia debe revisar
el pasado sólo para aprovechar experiencias, pues su responsabilidad es
contribuir a un mejor futuro para la Nación.
Así de simple, así de complicado es el Cambio de
Guardia en las democracias.
El actual cambio se nos ha complicado por muchas
razones, porque el reacomodo de fuerzas puesto en marcha a finales de la década
de los noventa aún sigue, no ha culminado.
Ese reacomodo de fuerzas, con el flujo y reflujo de
intereses políticos, económicos y sociales es, en buena parte, el responsable
de la incertidumbre que aún vive la República, pues a cinco semanas de la
elección presidencial aún no conocemos el nombre de quién nos gobernará durante
los próximos seis años.
Estamos en medio de un agitado litigio postelectoral,
pero estamos en los plazos legales y constitucionales del proceso electoral.
Parte de ese proceso es la decisión del Tribunal
Federal Electoral de ordenar el recuento de votos de 11,839 casillas, un 9.07
por ciento de las instaladas el pasado 2 de julio.
Estamos, pues, dentro de los plazos legales, lo demás
es palabrería y demagogia.
ANDRÉS
MANUEL LÓPEZ OBRADOR
Con cifras que le fueron adversas en el conteo de
votos en el IFE, Andrés Manuel López Obrador ha tenido que recurrir a medidas
extremas para mantener encendida la esperanza y prevenir la habitual
frustración que invade a los militantes y simpatizantes después de una derrota.
Sin embargo, las medidas extremas -el bloqueo de vialidades
céntricas de la ciudad de México-, indudablemente no fueron suficientemente
meditadas. Subestimaron el hartazgo de los ciudadanos del DF con la conflictiva
vialidad. La reacción negativa sorprendió a López Obrador y a su equipo.
Más sorprendidos quedaron cuando varios de sus
adherentes más connotados rechazaron el bloqueo como parte de la resistencia
civil.
No obstante, a pesar de esas recriminaciones amables,
la actitud de López Obrador y su equipo ha sido muy intolerante.
Hasta ahora no parecen dispuestos a escuchar las voces
de los moderados, las cuales han sido ahogadas por los más radicales, entre los
cuales están algunos políticos ex priístas, cuyo futuro quedaría comprometido
en caso de una derrota perredista.
Ya no se escucha a los moderados, como lo prueban las
consignas que tantos han proclamado desde que se supo el fallo del conteo
parcial dado por el Tribunal Federal Electoral.
Está, pues, López Obrador en una encrucijada.
Es válida y legítima la resistencia civil, pero, aún
desde la perspectiva perredista, es irracional dilapidar el capital político
ganado en las elecciones del 2 de julio.
A los moderados del PRD no escapa la circunstancia de
que entre los casi 15 millones de votos obtenidos en las elecciones están
cuando menos ocho millones de votos emitidos por ciudadanos que no militan en
el partido, que ni siquiera son simpatizantes, sólo personas a quienes atrajo
el discurso de López Obrador.
Esos ocho millones de votos pueden evaporarse si López
Obrador se deja arrastrar por su instinto y tolera actos violentos. Y sin esos
ocho millones de votos, saben los perredistas, dentro de tres años quedarían
reducidos a una tercera fuerza.
Y, en las actuales circunstancias, no saben quién los
captaría.
Eso es lo que se juega López Obrador. Eso es lo que
arriesga si mantiene la tolerancia a discursos violentos como los que clamaban:
“...solución o revolución”, o como sus “analistas electorales” que en los
medios internacionales proclaman que el país está al borde de la guerra civil.
Por esa ruta López Obrador corre el riesgo de quedarse
aislado, porque pronto las consideraciones políticas se impondrán en el PRD. Y
algunas de esas consideraciones nada tienen que ver con el camino que hasta
ahora lleva López Obrador.
FELIPE
CALDERÓN HINOJOSA
Calderón ha manejado con inteligencia el discurso de
la moderación, pero en afán de no mostrarse débil ha permitido expresiones de
intolerancia y rijosidad en su equipo de campaña y en el seno del partido.
Está Calderón en una posición difícil, pues además de
la confrontación con el PRD, tiene entre manos la confrontación que en el seno
del PAN le han provocado los que son afines al Grupo Guanajuato de Los Pinos.
Tiene que cubrir dos frentes: el externo y el interno.
Hasta ahora ha tenido éxito en su campaña de reuniones
y entrevistas con grupos de la sociedad, a quienes les muestra la diferencia
entre la prudencia y la exaltación.
Esas reuniones han permitido que en ese sector de la
sociedad cale aún más la convicción de que el próximo Presidente de la
República es Felipe Calderón. Ha tenido éxito en que estén seguros de que el
triunfo es irreversible, aún por el conteo parcial.
No obstante, la batalla del litigio postelectoral le
ha impedido a Calderón aplicarse a consolidar desde ahora las alianzas que
necesitará para gobernar, si acaso llega a la Presidencia.
Paradójicamente, las primeras alianzas tendrá que
hacerlas con grupos de su propio partido, pues en el PAN se ha dejado sentir
cada vez más fuerte la influencia de los foxistas, aquellos que de alguna
manera le quieren hacer saber que ganó gracias al apoyo de Los Pinos.
Calderón no puede aceptar eso, ni privada, ni
públicamente, pues el éxito de su gobierno está en mostrar al PAN, a la
oposición y a la población, que proviene del panismo negociador, pragmático,
nacionalista. De ese panismo que ha estado desplazado del gobierno durante los
seis años de gestión del Presidente Fox.
Porque si se identifica a su eventual régimen con el
foxismo, la gobernabilidad será difícil, muy difícil.