El cambio de guardia en la Presidencia será más
turbulento de lo previsto por el litigio electoral promovido por Andrés Manuel
López Obrador, quien parece conducirse por una ruta de colisión.
Es innegable, por la debilidad de las pruebas
presentadas por el PRD sobre presuntas irregularidades en las elecciones
presidenciales, que salvo que el Tribunal Federal Electoral decida dar un salto
al vacío, la lógica legal, jurídica y política los llevará a concluir que el
triunfador oficial de las elecciones fue Felipe Calderón.
Hasta entonces, López Obrador parece cada vez meterse
más y más en un callejón sin salida, pues el discurso del “fraude electoral” se
lo aceptan sus simpatizantes y sus seguidores.
Y ése es el problema con el que tendrán que lidiar,
primero el Presidente Fox y luego Felipe Calderón.
Porque si bien es cierto que, como indican ya algunos
sondeos, muchos de los no perredistas que votaron por López Obrador empiezan a
desilusionarse, siempre está ahí un núcleo de millones de personas que creen ciegamente
en el discurso del tabasqueño.
Y ese núcleo, si bien puede reducirse conforme pasan
las cuatro semanas y media que faltan para que el Tribunal Federal Electoral
empiece a elaborar el dictamen sobre las elecciones, también es cierto que el
discurso crecientemente agresivo del PRD puede encender los ánimos entre los
más fanáticos.
Hay que reconocer que, pese a que López Obrador es el
líder indiscutible del PRD, no tiene el control de todos los grupos de dicho
partido, y menos de los grupos que operan en su periferia.
Es en esos grupos donde existe un potencial de
violencia.
Si no empiezan López Obrador y el PRD a matizar su
discurso, podrían encontrarse en la difícil situación de que esos grupos
provocaran hechos aislados de violencia callejera, los cuales tendrían que
descalificar, a menos que quieran dejarse arrastrar a una espiral que, sin
duda, todos sabremos como empezará, pero nadie sabe cómo terminará.
Ese es el riesgo para López Obrador, pero también esa
es la dimensión de su responsabilidad.
El problema lo tendría el Presidente Fox, porque
tendría que calcular con toda frialdad su respuesta.
Tendría Fox que decidir la dimensión de su respuesta.
Tendría que decidir si estaría dispuesto a reprimir los brotes aislados de
violencia, o si de plano deja hacer y deja pasar, para no manchar su sexenio, y
le deja una herencia envenenada a Felipe Calderón.
Si se decide Fox por esto último y su respuesta es
sólo discursiva ante una eventual y aislada violencia, Calderón tendría más
dificultades para establecer las alianzas que necesita en el Congreso. Y quizá
tendría que entregar a cambio de apoyo de otras fuerzas políticas más de lo que
había calculado conceder.
A partir de la primera semana de septiembre todo
estará en manos de dos personajes: