La campaña no ha terminado con las elecciones. Las
impugnaciones al resultado que ha hecho tan vehementemente Andrés Manuel López
Obrador recrearán la confrontación desagradable que caracterizó las campañas de
los candidatos del PAN y del PRD.
Faltan siete semanas y media para que venza el plazo
con que cuenta el Tribunal Federal Electoral para resolver todas las
impugnaciones que le sean presentadas sobre las elecciones del pasado 2 de
julio.
Serán semanas muy tensas.
Aunque no es lo deseable, la agenda del debate de esas
semanas la ha fijado López Obrador, quien ya construyó el discurso de
“elecciones fraudulentas”.
En este espacio cibernético se ha defendido el derecho
que tiene el señor López Obrador a impugnar el resultado electoral. Esa impugnación
está contemplada en la ley. Y para eso existe el Tribunal Federal Electoral.
Se ha defendido también en este espacio cibernético el
derecho de movilizar a sus seguidores para protestar por lo que considera un
resultado electoral irregular.
Preocupa, sin embargo, el costo de las acciones del
señor López Obrador.
Para empezar, la táctica seguida hasta ahora tiene
entre sus ingredientes el desprestigio sistemático de las autoridades
electorales, particularmente del Instituto Federal Electoral, cuyo debilitamiento,
sin duda, puede significar el debilitamiento del entramado legal y jurídico
construido para la democracia mexicana.
A ese indeseable efecto, se sumaría el desencanto de
muchos ciudadanos, millones de ciudadanos, a quienes no les gusta andar en
marchas ni manifestaciones, podrían empezarse a preguntar qué caso tiene acudir
a votar, si al fin y al cabo los partidos consiguen echar abajo la sumatoria de
los votos de todos con recursos legales.
Las movilizaciones, legítimas, insistimos, pueden tener
como efecto que, lo que ahora son multitudes, se reduzca a pequeños grupos de
manifestantes, porque la gente se cansa, tiene sus propias ocupaciones, o de
plano se desilusiona. Eso dejaría en las movilizaciones a los más radicales, y
por ende más propensos a la violencia.
El señor López Obrador tiene que asegurarse que no
haya actos violentos, porque debilitarían a su causa.
El control férreo que tiene del PRD y los grupos
afines le permitió llegar hasta donde ha llegado: a que por primera vez la
izquierda mexicana esté tan cerca de la Presidencia.
Ese control férreo debe emplearlo para mantener
pacíficas todas las manifestaciones de protesta. No debe olvidar que muchos que
no son de izquierda votaron por él, y le dejarán si hay violencia. No podrá
culpar a nadie más de la violencia, ni a los provocadores, porque el riesgo de
los provocadores se corre siempre que se saca la gente a la calle. Y el señor
López Obrador ha sacado la gente a la calle.
Por otro lado, Felipe Calderón tiene que esperar a que
el Tribunal Federal Electoral lo declare Presidente Electo.
Hace bien en comportarse como lo que es hasta ahora:
el ganador de la elección, pero tiene que ser muy prudente, porque el
triunfalismo, se ha dicho aquí, es peligroso.
Hay victorias que, si no se tiene cuidado, pueden
traer en ellas la semilla de futuras derrotas.
Así pues, el señor Calderón tiene que hacer que el
panismo mantenga la actitud conciliadora que él ha tenido.
Tiene que evitar que haya exabruptos clasistas, porque
los exabruptos clasistas desprestigian su figura política.
Y tiene que empezar a tener un comportamiento
distinto, aunque sea por imagen, aunque tenga que esperar.
Debe recordar a los suyos que no tienen un mandato,
porque éste sólo se tiene cuando votó por una fuerza política la mayoría de los
ciudadanos. No es el caso.
Debe reunificarlos en torno suyo, conseguir que todos
los que votaron por él le sigan apoyando, porque necesitará el apoyo para la
confrontación con López Obrador.
Quizá ahora sí funcione la propaganda de contraste,
mostrándose prudente, sereno, conciliador, a diferencia de sus adversarios.
Tiene que armar una campaña mediática mejor que la que
ha puesto en marcha.
Hasta ahora, hay que insistir, la campaña mediática la
va ganando el PRD.
No puede depender tanto de la operación política del
gobierno de Fox, la cual, por otra parte, no suele ser de lo más eficaz.
Tiene que armar su propio equipo de propaganda, porque
de aquí al 31 de agosto, la batalla no sólo se librará en el Tribunal Federal
Electoral, se librará fundamentalmente en los medios.