Hace dos años y medio, cuando pusimos en marcha este
ejercicio de reflexión compartida con nuestros lectores cibernéticos,
sustentamos la tesis de que luego de la alternancia del poder el país vivía un
reacomodo de fuerzas políticas, económicas y sociales.
En 2003, durante las elecciones legislativas
federales, no se percibió claramente ese reacomodo, al menos no con la
dramática claridad que se hizo presente en las elecciones del pasado domingo 2
de julio.
Al proceso electoral del pasado domingo le faltan muchas
etapas.
Primero, habrá que esperar el cotejo oficial de las
actas que se realizará, distrito por distrito, a partir del próximo miércoles,
cotejo que terminará posiblemente el próximo viernes, según la experiencia
histórica.
Luego, una vez que se conozca el resultado oficial, la
elección pasa al Tribunal Federal Electoral, donde se recibirán las
impugnaciones y, una vez desahogadas, se procederá a cumplir con la tarea legal
y constitucional de calificar la validez de la elección y a declarar Presidente
Electo.
El plazo para dicha declaratoria vence el próximo 6 de
septiembre.
Es desafortunado que los dos punteros de las
elecciones, Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador no hayan tenido la
madurez para esperar siquiera la declaración oficial de resultados que hará el
IFE el próximo viernes.
Calderón se ha replegado un poco, no así López
Obrador, quien se prepara a denunciar presuntas irregularidades. Ese ejercicio
sería una acción normal, si no tuviera el propósito de desacreditar el IFE e
impugnar como fraudulenta la elección, como ya lo escriben y declaran sus más
exaltados y oficiosos voceros.
Ni Calderón, ni López Obrador, parecen haberse
enterado de la peligrosa división social resultante de la intencional
polarización de opiniones a que sometieron a la sociedad mexicana.
Sería insensato suponer que López Obrador irá más allá
de las declaraciones, aunque en medio de la crispación actual nada se descarta.
El reacomodo de fuerzas expuesto por las elecciones
del 2 de julio divide al país entre el México del Sur y el México del Norte,
entre el México atrasado y el México presuntamente moderno.
Quien quiera que resulte el ganador de esto que ya se
convirtió en un litigio político electoral tendrá que lidiar con ese problema.
El próximo Presidente de México tendrá que unificar a
la Nación, tendrá que reconciliarla y tendrá que tender los puentes que impidan
que la división surgida de la elección se convierta en abismo que fracture a la
Nación.
La Presidencia de México, más allá de las teorías de
la ciencia política, es el eje que mantiene unidas a las fuerzas centrífugas
que operan en la sociedad mexicana.
Esas fuerzas todavía fueron contenidas por las
inercias sociales, políticas y económicas de setenta años de gobiernos
priístas.
Ahora parecen haber quedado sueltas.
Y sólo desde la Presidencia pueden ser controladas.
Ojalá y así lo entiendan Felipe Calderón Hinojosa y
Andrés Manuel López Obrador.
Hasta ahora, no han hecho nada que permita concluir
que ya lo hicieron.